Estaba en la vieja esquina de aquella calle olvidada, consumiendo vida en el humo de lo que podría ser el último aliento, el último cigarrillo, el último expreso doble, bien caliente para el verano y para el inesperado cambio de estación, y para aquel último momento del cual se reza pero no se espera.
La noche comenzaba a hacer su entrada, y tímidas las estrellas saludaban una a una en un inusual cielo despejado de aquella ciudad que solo ve gris. El café no se enfriaba y la cajetilla recién comprada esperaba impaciente la corta vida que le restaba.
Caminando con su milagroso fulgor, estaba caminando elegante aquella chica de vestido rojo, una vez más frente a mi, una vez más en mi vida. El humo se elevaba al cielo como una plegaria de invierno, o el ruego de un héroe antes del sacrificio, y mi café, negro como esta noche perdida, como la soledad que aún marcaba mi pasado, decidió quedar helado en un sueño.
Su mirada cruzó la pista, y los míos vagaron redundantes desde el cielo hasta el infierno, recordando aquel último encuentro, aquellos torpes momentos en los que nuestros destinos habían decidido cruzarse. Recordando que nunca hubo un momento y que nunca hubo una historia.
Sus pasos se hicieron lentos, y su sonrisa, el elegante vuelo del fuego en aquel viento que ondeaba lentamente su cabello y su majestuoso vestido rojo. El cigarrillo seguía su paso, consumiéndose lentamente junto con mi vida, junto a mis deseos y mis sueños.
Entonces ella se detuvo, y con majestuosidad volteó hacia mi, murmurando aquello que me era imposible escuchar, aquello que mi mente no quería aceptar. El café perdía su color lentamente, mientras la estrellas admiraban con atención el pensamiento. Y en ese momento me incorporé, en ese momento arrastré aquella cadena que me unía a mi vieja avenida. Caminé con temor, cruzando la pista sin mirar a los lados, sin pensar, fluyendo en la corriente de aquel río de sabia naturaleza, junto a la fría brisa que anunciaba el invierno, sin entender.
Me acerqué a la chica del vestido rojo y ella sonrió mientras mi cigarrillo exhalaba su último aliento. Movió sus labios con delicadeza para darle vida a su voz y me dijo en tono suave "Ya es el momento de partir".
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada